El Camino a la Felicidad España


Los 21 preceptos
























19.TRATA DE NO HACER A LOS DEMAS LO QUE NO QUERRIAS QUE TE HICIERAN A TI




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Entre muchos pueblos, en muchas tierras, durante muchas épocas, han existido versiones de lo que se ha llamado “La regla de oro”.1
Lo anterior es un enunciado de ella referente a actos dañinos.
Únicamente un santo podría ir por la vida sin dañar jamás a otro. Pero únicamente un criminal daña a quienes lo rodean sin pensarlo dos veces.
Completamente aparte de los sentimientos de “culpa”, “vergüenza” o “remordimiento”, los cuales pueden ser suficientemente reales y suficientemente malos, también resulta cierto que el daño que uno causa a otros puede repercutir en uno mismo.
No todos los actos dañinos son reversibles: uno puede cometer un acto en contra de otro que no pueda ser pasado por alto ni olvidado. El asesinato es uno de estos actos. Uno puede darse cuenta de cómo una severa violación de casi cualquier precepto en este libro podría llegar a ser un acto dañino irreversible en contra de otro.
La ruina de la vida de otro puede destruir la de uno mismo. La sociedad reacciona: las prisiones y los manicomios están llenos de personas que dañaron a sus compañeros. Pero existen otros castigos, tanto si a uno lo atrapan como si no; el cometer actos dañinos contra otros, especialmente cuando se ocultan, puede causar que uno sufra fuertes cambios en sus actitudes hacia otros y hacia sí mismo: todos ellos desdichados. La felicidad y la alegría de la vida se van.
Esta versión de “La regla de oro” también es útil como prueba. Cuando alguien persuade a otro para aplicarla, la persona puede lograr tener una realidad de lo que es un acto dañino. Esto le responde a uno qué es el daño. La pregunta filosófica acerca de obrar mal, la discusión sobre qué es incorrecto se resuelve de inmediato de forma personal: ¿No te gustaría que eso te sucediera a ti? ¿Verdad? Entonces debe de ser una acción dañina y, desde el punto de vista de la sociedad, una acción incorrecta. Ello puede despertar la conciencia social. Puede entonces permitirle a uno determinar lo que debería hacer y lo que uno no debería hacer.
En una época en la que algunos no sienten ninguna restricción respecto a cometer actos dañinos, el potencial de supervivencia del individuo se hunde muy profundamente.
Si puedes persuadir a la gente para que aplique esto, les habrás dado un precepto mediante el cual pueden evaluar sus propias vidas y, para algunos, habrás abierto la puerta para permitirles reincorporarse a la especie humana.
El camino a la felicidad
está cerrado para aquellos
que no se refrenan
de cometer actos dañinos.

1. “La regla de oro”: aunque los cristianos la consideran de origen cristiano y se encuentra en el Nuevo y Antiguo Testamentos, muchas otras razas y pueblos hablaron de ella. También aparece en Las analectas de Confucio (siglos V y VI a.C.) , quien a su vez la citó de obras aún más antiguas. También se encuentra en tribus “primitivas”. De una forma u otra, aparece en los antiguos trabajos de Platón, Aristóteles, Isócrates y Séneca. Durante miles de años el Hombre la ha mantenido como estándar de conducta ética. Las versiones dadas en este libro se han formulado nuevamente, de todos modos, ya que en antiguas formulaciones se la consideraba demasiado idealista para seguirla. Esta versión se puede seguir.

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